Acervo Poético

blog de poesía olvidada y poco leída

Una hipérbole borgeana

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       Hacia mediados de los años setenta, en un periódico de Buenos Aires, Carlos Mastronardi publicó uno de sus últimos poemas. Algún tiempo después, Borges escribió un comentario sobre Mastronardi y deslizó, casi disculpándose, una frase que situaba a aquel tardío trabajo de su amigo en un inesperado puesto en la lengua española. Quizás esa frase -el mismo Borges lo reconoce-, no nos persuada (y en realidad poco importa), pero al igual que tantos momentos de su obra nos conduce, como única y deseable solución, a leer, a leer secretamente expectantes de sentir algo de lo que él sintió, de hacer contacto con esas vivencias literarias que no dejó de revelarnos.

Copiamos fragmentos de la nota y, a continuación, el poema.

 

Borges y Mastronardi

Borges y Mastronardi

 

Carlos Mastronardi ha logrado, en estos melancólicos días, que el nombre de argentino sea todavía honroso. El empeño que otros ponen en ser famosos, el empeño que otros ponen en esas miserias que se llaman la promoción o la publicidad Carlos Mastronardi lo ha puesto en pasar casi inadvertido, en esa vida umbrátil que recomendaban los estoicos… Mastronardi ha consagrado toda su vida, no a escribir muchas páginas, sino a escribir lo que en suma todo escritor escribe; digamos unas cuantas páginas con la esperanza de ser imperecederas. Y eso, lo ha logrado… Hay otro poema de Mastronardi que no es inferior a “Luz de Provincia”. Es quizá (yo en general eludo los superlativos, que llevan a la discusión más que a la persuasión) el poema más melancólico y más desengañado de la lengua española. Ese poema se titula “La medalla” y lo publicó hace relativamente poco tiempo.”

                                                                      J.L.B.

                                         La medalla

Cuando los años me hicieron dejar la oficina,
los viejos empleados se juntaron hacia el atardecer,
y después de levantar las copas
pusieron en mis manos una medalla,
grato presente que según la costumbre,
los hombres acuñan –penoso es decirlo-
en obstinada materia,
porque saben que el alma tiene hondones
y resquicios que al fin serán su ruina.
Acuden, pues, a la firmeza
del oro o del bronce
para dar ilusoria persistencia
al recuerdo que vacila.

Estuve, así, un momento
con esos compañeros afables y sencillos
a quienes apenas conocía,
pues nuestros vínculos eran los que impone el trabajo,
y en verdad sólo la inercia y el tiempo
promovieron la amena ceremonia,
en cierto modo impersonal,
dispuesta por aquellos obsequiosos
para despedir a una imagen periódica,
ya que nada sabían de mi esencia profunda,
plasmada en alegrías, deshonras y flaquezas.

Todo ocurrió como en un libro,
como si fuéramos vagos signos,
pero las formales palabras de encomio
y la inmutable ofrenda con mi nombre
espejaban veraces
el cuidado que ponen los mortales
en sostener y afianzar la cosa incógnita,
la vaporosa vida.

Se apagó la amable tertulia,
y mientras unos pocos prolongaban el diálogo,
agradecí su presencia y busqué la calle.
Cuando descendía la escalera,
como quien vuelve a sí mismo y quiere andar solo,
pensé en la fiesta ya desvanecida,
y me dije que el obsequio perenne
también se disipaba en aire y sombra,
pues pude vislumbrar,
-triste menos por mí que por todos los humanos-,
que la inscripción del metal perdurable
se borraba y perdía de modo extraño.

Sentí, entonces que esa anulación instantánea,
contra la cual levantamos dignidades y valores,
nos enseña que es mejor perder de una vez
lo que habrá de perderse.
Y también me fue dado imaginar
que la medalla del agasajo,
símbolo que al olvido lleva una vana guerra
y parte de la intriga benévola
que nos miente sustancia y nos ayuda,
iría a parar al fondo de un cajón,
y allí quedaría, ya nivelada con todo
lo que integra y devora el pasado,
desde el diamante hasta el hombre,
tan tenue y enigmática como la misma vida.


Recogido en “Poesías Completas”, Academia Argentina de Letras, 1982.

 

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Un pensamiento en “Una hipérbole borgeana

  1. Espumante en el sótano..

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