Acervo Poético

blog de poesía olvidada y poco leída

Variantes del diálogo

2 comentarios

 

 

       Durante el último año de su vida, mientras el mal de Hodgkin consumía su cuerpo, Güiraldes trabajaba en los Poemas Místicos. Cuando aparecieron en edición póstuma, el joven Borges los leía de este modo:

“Este infinito libro pequeño de siete composiciones es más de la mitad del diálogo de Ricardo Güiraldes -caballero criollo-, y Cristo Jesús. La parte del invisible interlocutor no es de silencio: es de misteriosa amistad, de beneficencias furtivas.”

  Otra modalidad del diálogo ensaya Arturo Cambours Ocampo en “Poemas para la vigilia del hombre”. Elige acometerlo en forma directa con las voces más prístinas de los poetas, las que están en las obras. Versos de Paul Eluard, T.S. Eliot, Jules Laforgue o Robert Desnos se continúan, persiguen y responden con los del propio Cambours y traman un sabio libro que admiraron María Elena Walsh o Enrique Banch, que obtuvo el primer Premio Municipal y cuya primera edición (1939) se agotó y exigió una segunda al año siguiente (habría una tercera en 1966).

 Entre otras cosas, Robert Desnos fue dependiente de farmacia, poeta surrealista, amigo y enemigo de Breton, resistente en la Francia ocupada. En 1944 fue detenido por la Gestapo en su domicilio de la rue Mazarine en París, muy cerca del hotel donde algunas décadas antes había muerto Oscar Wilde. Conoció la deportación y la atroz escala moderna de una larga tradición humana: el crimen masivo. Confinado en el campo de Terezin , el agotamiento y el tifus se lo arrebataron a los ejércitos de liberación de los aliados, tenía cuarenta y cinco años.

 Pero cuando Cambours Ocampo escribía su libro, la guerra apenas comenzaba y en su memoria Desnos seguía siendo el poeta de la primera hora surrealista a quien había conocido fugazmente en 1926 durante un viaje a Europa y al que ahora elegía para discurrir juntos sobre la noche y sus posibilidades.

 No he podido averiguar si Desnos supo alguna vez del diálogo del que fue partícipe. Es una suerte para nosotros poder escucharlo.

 

En una playa de Necochea con Leopoldo Marechal, 1969.

Cambours Ocampo con Leopoldo Marechal en una playa de Necochea, 1969

 

Diálogo con Robert Desnos

De la sombra de la tarde

nace la noche,

como nacen

del centro de la tierra

las hojas de los árboles.

Esta es la más exacta

geografía nocturna;

la más pura y simple

narración de la noche.

   Están en la noche

   las siete maravillas del mundo

   y la grandeza

   y la tragedia

   y el encanto.

   Hay de todo.

   Hay en la noche

   pasos que pasean

   y pasos de asesinos

   y de policías;

   y la luz que reverbera

   y la linterna del botellero.

Ahora recuerdo

las noches de Areguá

-pueblito minúsculo

en el corazón del Paraguay-

perfumadas de selva

y de mujeres desnudas.

Interminables viajes

en carreta

con bueyes dormilones.

Y la marvillosa incertidumbre

de salir con rumbo desconocido,

sin saber qué aparecerá primero:

¿Un seno, una canción,

o una mano de leproso?

Noches de Areguá,

salpicadas de música,

de estrellas y de caña.

Bebíamos en vasos de barro,

y era como si bebiésemos

la noche y la tierra

de un trago.

A las muchachas las partíamos

como a las naranjas…

Noches de Areguá,

conversadas y lloradas

junto al gringo Chellati,

junto al chico Demaría,

junto al asombro de Juanita Cruz,

que soñaba con venir a Buenos Aires

para poder ver en una esquina

a diez hombres reunidos.

Noches de Areguá,

claras, transparentes, tiernas.

Juanita Cruz

debe haber cumplido

treinta años.

Vivirá en la misma casa,

cerca del Ingenio Grande.

Tendrá hijos, muchos hijos;

y, algunas veces,

se acordará de la noche

del 14 de julio

de mil novecientos y pico;

la noche que me regaló

su boca,

para festejar

la toma de La Bastilla.

   Hay de todo en la noche.

   Pasan los trenes y los barcos

   y el espejismo de los países

   donde se hace el día.

   Los últimos soplos del crepúsculo

   y los primeros escalofríos del alba.

   Hay de todo.

   Un murmullo musical,

   un estallido de voces,

   una puerta entornada.

   Un reloj.

   Y no solamente los seres

   y las cosas

   y los ruidos

   materiales.

   Más, mucho más

   de lo que puedo pensar y decir.

   Está todo lo inmolado

   y todo lo que aguardo.

Noches de alta mar.

Sin alcohol,

sin mujeres.

Noches de alta mar.

Con alcohol, con mujeres.

La niebla,

la sirena de los buques,

los puertos y los faros.

La brisa en los cabellos,

el libro y el recuerdo.

Después,

el gusto salobre de las olas.

Después,

el corazón del hombre

frente al mar.

Después,

las preguntas del hombre.

La soledad, entonces,

me llenaba de estrellas

y de noche.

   A veces

   extrañas figuras nacen

   en el primer instante del sueño

   y desaparecen

   cuando cierro los ojos.

   Florescencias fosfóricas

   brillan y palidecen

   como fuegos de artificio.

   Recorro países desconocidos

   en compañía de niños.

   Hay de todo en la noche.

   El alma palpable

   de la extensión

   y los perfumes del cielo

   y de los árboles;

   y el canto del gallo

   de hace dos mil años,

   y el grito del pavo real

   en los parques llenos de pasión

   y de besos.

   Y las manos que se estrechan,

   siniestramente,

   bajo una luz descolorida,

   mientras los ejes rechinan

   sobre las calles silenciosas.

Noches europeas,

enloquecidas de frío,

en Amsterdam,

en Haarlem,

en Groninga.

Noche ferroviarias

con manos guillotinadas

y fuga de paisajes.

Noches de Dordrecht,

con un cielo de plomo.

En el puerto,

hombres con caras

de cualquier país,

descargan maderas

de la Selva Negra.

Corre el vino del Rhin.

Dordrecht,

la única ciudad del mundo

que un día se durmió

en un lugar, tranquilamente,

y se despertó en otro,

como si nada

hubiera pasado.

Ese que cruza Kalvestraat

en un diciembre gris y desolado;

ese que camina

a la orilla del Amstel,

y que tira una piedra

para ver cómo

se despedaza la luna

en la superficie helada;

ese que va leyendo a Erasmo

y contempla a Rembrandt;

ese turista de la noche

que bebe ron y ginebra

mientras camina por los campos

cuadriculados de flores y canales,

asombrándose al ver

las aspas de los molinos

acariciando a las estrellas;

ese, debo ser yo, seguramente.

   Hay muchas cosas en la noche,

   sin duda,

   que no conozco ni conoceré.

   Pero que presiento

   en mis sueños obstinados.

   Está todo lo que queda

   incomprensible

   en la realidad y en el sueño.

   Todo lo que sea desprecio

   por la retórica fácil;

   donde los barcos naufragan

   en los lagos de las plazas,

   donde las sirenas vuelan

   sobre las fábricas en ruinas,

   donde un buque podrido

   recibe un sol de plomo.

Noche europeas;

noches de Marsella,

junto a Emmy Gossling,

la muchacha noruega

que bailaba

en “El pájaro Azul”,

entre el humo y las malas palabras

de todos los marineros de la Tierra.

(Tus ojos y tus manos

no podían comprender.

Era un dolor muy alto

tu pasión por la muerte.

Una vez te lo dije,

disfrazando palabras:

tu soledad es mía,

como tu gesto

cálido y ondulante.

Tu soledad es mía,

no necesito más.

¿Te extraña, Emmy Gossling?

Ocultaré tu angustia,

arrojaré tu pena

al pozo del silencio.

No temas, Emmy Gossling.

Entre brazos de hombre

palpitará tu cuerpo;

en una danza última

te morirás un día;

y cuando todos lloren

la interrumpida vida

cuando seas ausencia

para todos los hombres,

tu estarás a mi lado

perennemente viva.

Por eso te lo grito:

tu soledad es mía,

Emmy Gossling.)

Y se cumplió el presagio

y sigues a mi lado.

Ahora que descansas

en mi sombra;

todavía te dibujo

de una manera distinta

cada día.

Qué lejanos están

la explanada de la Tourette,

“El pájaro Azul”,

la flor, la despedida…

Y qué cercana tú,

Emmy Gossling,

tan llena de ternura,

entre la niebla.

   En la noche hay estrellas

   y el movimiento

   tenebroso del mar,

   de los ríos, de los bosques,

   de las ciudades,

   de los pulmones de millones

   y millones de seres.

Noches de Buenos Aires.

Algún día tendré que reconstruirlas.

Hoy sólo quiero

comenzar una historia,

fijar unas fechas

y decir unos nombres.

Entonces, ante una pequeña

iglesia de suburbio,

decíamos al oído del mundo:

Hecha para querer a Dios,

humildemente.

Donde se rezan vidas

que no salen del barrio.

Sin vitraux ni portadas;

con una puerta chica

para entrar a la nave

-miniatura de templo-

y tres escalones

que durante la noche

ahogan la pena

de cualquier vagabundo.

Noches desgarradas,

viendo crecer

la soledad del mundo.

No.

La soledad del hombre.

Sí.

La soledad del hombre

entre los hombres.

Sí.

La soledad del hombre

en la ciudad.

Pero la noche

tiene su luz,

que no es de estrellas;

tiene brazos serenos

y destinos marcados.

   En la noche están todas

   las maravillas del mundo.

   En la noche están

   los ángeles guardianes;

   pero también el sueño

   y el ensueño.

   En la noche hay de todo.

   En el día también.

De la sombra de la tarde

nace la noche,

como nacen

del centro de la tierra

las hojas de los árboles.

Sí.

Del silencio rezado con estrellas

nacen estas raíces,

como nacen

del arco del violín

las notas musicales.

Sí.

De la prisión de nuestra carne

nacen mis palabras,

como nacen

del intacto recuerdo

las imágenes puras.

Y esta es la historia

de la noche de un hombre;

y éste es el hombre:

creador extraordinario

de su propio destino,

inventor de su historia.

Y éste es el hombre:

historia él mismo,

íntima y desolada

como su noche,

como su día,

como el espacio

de su vida

en la tierra…


“Poemas para la vigilia del hombre”, Buenos Aires 1939

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2 pensamientos en “Variantes del diálogo

  1. Excelente post. Siempre es interesante el ejercicio profundo de las literaturas comparadas. Y mucho más interesante aun es la literatura contaminada por literatura. La clave está en los cruces. Un abrazo, Sr. Ilucik.

    Le gusta a 1 persona

  2. Muchas gracias HEN, y seguimos trabajando.

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