Acervo Poético

blog de poesía olvidada y poco leída

Algunos dioses y su destino

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          Lord Dunsany: “En la escuela me hicieron intimar con la Biblia. Durante muchos años me parecía artificial todo estilo que no fuera un pastiche de las Escrituras. Después estudié griego en Cheam School, y cuando leí de otros dioses, me apiadaron casi hasta el llanto esas bellísimas personas de mármol a quienes ya nadie adoraba. Sé que me apiadan todavía.”

 En el poema de hoy, el boliviano Ricardo Jaimes Freyre narra la irrupción del cristianismo en la selva sagrada de los dioses germanos, la caída del viejo culto de Odín.  Su título, “Aeternum Vale”, puede traducirse como “Adiós para siempre” y fue incluido en Castalia bárbara (1899), primer poemario del autor. Lugones escribió el prólogo del libro y se detuvo en la extraña y oscura grandeza de este cuadro de deidades paganas a quienes asalta el vago miedo de una presencia incomprensible.

 Luego de concederle cargos, cátedras y la gloria modernista de un sitial cerca de sus amigos Darío y Lugones, América comenzó a olvidar a Jaimes Freyre. Otro ragnarok lo aguardaba y fue particularmente impiadoso con él. De su obra no sobrevive más que el primer cuarteto de un soneto que a veces el lector encuentra por azar, citado y comentado por Borges en el prólogo de La cifra.

Jaimes Freire enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Bolivia ante EEUU

Jaimes Freyre como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Bolivia ante EEUU

 

Aeternum Vale

Un Dios misterioso y extraño visita la selva.
Es un Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.
Cuando la hija de Thor espoleaba su negro caballo,
le vio erguirse, de pronto, a la sombra de un añoso fresno.
Y sintió que se helaba su sangre
ante el Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

De la fuente de Imer, en los bordes sagrados, más tarde,
la noche a los Dioses absortos reveló el secreto;
el águila negra y los cuervos de Odín escuchaban,
y los cisnes que esperan la hora del canto postrero;
y a los Dioses mordía el espanto
de ese Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

Thor, el rudo, terrible guerrero que blande la maza
—en sus manos es arma la negra montaña de hierro—
va a aplastar en la selva a la sombra del árbol sagrado,
a ese Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.
Y los dioses contemplan la maza rugiente,
que gira en los aires y nubla la lumbre del cielo.

………………………………………………………………..

Ya en la selva sagrada no se oyen las viejas salmodias,
ni la voz amorosa de Freya cantando a lo lejos;
agonizan los Dioses que pueblan la selva sagrada,
y en la lengua de Orga se extinguen los divinos versos.

Solo, erguido a la sombra de un árbol,
hay un Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

 


“Castalia bárbara” (Imprenta de Juan Schürer-Stoll, Buenos Aires), 1899.

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