Acervo Poético

blog de poesía olvidada y poco leída

Pausa Urbana

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       Versos cortos -de sólo siete sílabas-, ordenados en tercetos que encadenan las rimas asonantes. Lenguaje temperado y sonoro. Suaves aliteraciones que desde la mitad del poema irán incrementando su presencia e intensidad hasta lograr su tipo más percusivo justo antes del cuarteto que, cumpliendo la regla, cierra la forma. Claridad de ideas. Pocos versos encabalgados. Dicción nunca forzada.

 Con estos elementos de pureza clásica, Margarita Abella Caprile genera en el lector un horror lovecraftiano.

Abella2

Busto de la poetisa por Gustavo Leguizamón Pondal

 

Pausa Urbana

Una isla de calma

sobre el mar de la urbe

de pronto se levanta.

Una quietud de cumbres

con su aliento de ausencia

la jornada interrumpe.

Murieron las sirenas

en campos de horizonte

y cesó la estridencia

de rieles y motores,

derrumbes y bocinas,

campanas y pregones.

Como si de puntillas

sostuviera su alma,

la multitud camina.

La multitud avanza

entre los suaves fieltros

de la tarde sonámbula.

Ahora que el silencio

ha podido asomarse

apagando el estruendo,

con espanto se sabe

que hay escondido siempre

un silencio en el aire,

pegado a las paredes,

tendido en las aceras,

calzado en los relieves;

un silencio que acecha

la tregua del bullicio

para elevar su inmensa

catedral de infinito

cuyas flechas señalan

el margen de los siglos.

Por las calles calladas

y con andar sin eco

la muchedumbre vaga,

diciéndose entre sueños

y de oído en oído

un terrible secreto.

Ahora que el continuo

murmurar ha cesado

se sabe que los gritos,

los golpes y los cantos

de la ciudad violenta

sólo han sido inventados

para ignorar la fuerza

irreductible de una

misteriosa presencia;

de una presencia muda

que detrás del desorden

con paciencia se oculta;

pero que en cuanto el hombre,

partido en la tarea

de asaltar vibraciones,

desfallecido ceja,

surge otra vez indemne,

renacida y entera.

Ahora que el paréntesis

hacia el mundo inmutable

de lo sin fin extiende

su proyección, se sabe

que siempre hay un silencio

diluido en el aire,

aguardando el momento

de imponer su dominio

tentacular y eterno

al humano espejismo

que obstinado despeña

los peñascos del ruido.

Un silencio que acecha

calzado en los relieves,

tendido en las aceras,

alto en los capiteles.”

 


 

“Lo miré con lágrimas” (Editorial Losada, Buenos Aires), 1950.

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