Acervo Poético

blog de poesía olvidada y poco leída

El Che García

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“Si al menos la azul bandera

sombra a mi cabeza diese”

Echeverría

          Hace algo más de ciento treinta años, un joven diplomático argentino llegaba a Colombia en carácter de secretario ad honorem del ministro plenipotenciario Miguel Cané. Detrás estaban los estudios en el Nacional Buenos Aires, algunos artículos periodísticos y tres libros de poesía. Por delante, la crítica literaria, el ensayo histórico y el ejercicio de la evocación de tierras y hombres de su tiempo como fino dominio de la literatura. También, una abarrotada y diversa carrera diplomática que, no sin fatalidad, lo llevaría a asistir la muerte de Sarmiento en Paraguay y la encendida agonía de Avellaneda en el hotel Scribe de París. Hijo de padre español y madre francesa, Martín García Mérou había nacido en Buenos Aires en 1862 y su propia muerte –esa en la cual no se vería morir por primera vez, según la voz de Antonio Porchia-, ocurrió en Berlín cuarenta y tres años más tarde, mientras cumplía funciones como enviado extraordinario de la legación argentina ante Alemania, Austria, Hungría y Rusia.

 En aquel primer destino en el extranjero, los colombianos no tardaron en conocer a los dos escritores como “el Che Cané” y “el Che García”. Este último, despertó una efímera atención por la minuciosa confección manual de los pequeños cuadernos utilizados por Cané para la redacción de Juvenilia y por una oda arrebatada en la que “tal vez el dolor ya empezara a aclimatarse en su corazón” (Navarro Viola). Una visita a los alrededores de Bogotá le descubrió el Salto del Tequendama, para el cual los indígenas ya habían soñado un mito prodigioso y Humboldt aprestado sus instrumentos de medición: El largamente calmo Río Bogotá cobra impulso en el declive pronunciado de las selvas meridionales, la vegetación crece con la temperatura y un amplio anfiteatro de granito se abre para una cascada de más de ciento cincuenta metros de caída libre. El río se ha convertido en nube de vapor suspensa y en bramido que perdura el eco de las rocas.

 Vamos a rescatar ese poema de linaje romántico que hacia 1882, como otro eco, se repetía en los periódicos y salones de la sociedad bogotana.

Lámina del salto por Alexander Von Humboldt, 1810

Lámina del salto por Alexander Von Humboldt, 1810

 

Al Tequendama (compendio)

“Aún te veo a mis pies, con rudo enojo

sublevando tus ondas encrespadas,

en el ardor de tu incesante arrojo

desplomarte, deshecho en mil cascadas;

llegar al borde de la enhiesta roca,

y sintiendo el cercano cataclismo,

como airado corcel que se desboca,

abalanzarte en el profundo abismo.

Todo tiembla a tu paso: el cauce, el monte,

el árbol de raíces seculares

que se eleva y domina el horizonte,

los verdes lazos de la agreste hiedra

y las rocas, graníticos altares

que esperan a sus ídolos de piedra.

 

¡Ah! cómo busca el corazón sin calma,

Tequendama, este cuadro, esta grandeza,

este terror que purifica el alma

y en tanta majestad, tanta belleza.

¡Ah! déjanos sufrir, mientras tú gimes

indiferente a la miseria humana,

tu blanca niebla la pendiente moja,

con tus anillos al peñasco oprimes,

y siempre pura tu corriente mana.

¿Hay más rudo pesar, mayor congoja,

más opresión, más hondo paroxismo

en la lucha del alma con la vida,

que en el loco furor de tu caída,

que en tu choque tenaz con el abismo?

Tú lo presientes, te retuerces, quieres

detenerte, te exaltas y te agitas,

con profundo terror te precipitas,

y hecho pedazos en las rocas mueres.

Envuelto en centellantes resplandores

alumbra el sol tu bárbara agonía,

y te cubre de luz y de alegría,

como se cubre un féretro de flores…

 

¿Y nosotros? También arrebatados

por incesante afán, mustia la frente,

triste el alma, los miembros fatigados,

seguimos a la merced de la corriente;

y en rebelión eterna con la tierra

o heridos por el mal y el egoísmo

dejamos el amor, la fe, la gloria,

como armaduras de una antigua guerra,

para rodar por fin en el abismo.

 

Aquí donde la mente enardecida

se embriaga de profundas emociones,

siente más viva circular la vida

y latir con más fuerza las pasiones,

levantemos el Himno de victoria,

nosotros, los errantes, los proscriptos,

los que al vivir, llorosos o risueños,

hacemos nuestros sueños infinitos

y vivimos la vida de los sueños!

 


Fechado en marzo de 1882, luego incluido en “Impresiones -de Buenos Aires a Paris. Recuerdos de Venezuela. Recuerdos de Colombia-” (M. Murillo Editor, Madrid), 1884.

 

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