Acervo Poético

blog de poesía olvidada y poco leída

Cancionero de las invasiones inglesas

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“Pues no siempre ha de haber viles marqueses

que permitan traficar a los ingleses”

      Con razón o sin ella, la academia suele “enseñar” la literatura argentina desde Echeverría en adelante. Quizá nosotros no tengamos la obsesión de aprobar materias, pero sin duda deseamos leer, y esto implica natural curiosidad –curiosidad susceptible de infundir pasión-, por la labor poética en nuestro país anterior a la María que murió en el desierto.

 Martín García Mérou anota que “cierta impersonalidad generosa” constituye uno de los méritos de aquellos tiempos. Antes de mayo de 1810, esta caracterización nunca se cumplió mejor que en el período fervoroso que siguió a las invasiones inglesas: Poetas de tono culto o popular, obras que los autores firmaron con sus nombres o velándose tras seudónimos y, sobre todo, un gran corpus de trabajos anónimos que constituyó un verdadero romancero para cantar la común expulsión del invasor, los avatares desventurados o felices de los combates. (En la misma España se escribieron al menos dos importantes odas para celebrar las heroicas aunque algo borrosas noticias que llegaban desde “el margen apartado del Paraguay inmenso”).

 Vamos a copiar un fragmento donde Pantaleón Rivarola –entonces pomposamente oculto como “un fiel vasallo de su Majestad y amante de la Patria”- narra las dificultades de cierto comandante Urrien y el probado valor de “indios, pardos y negros”. Luego, una décima anónima y burlona que parece prefigurar algunas diabluras de la gauchesca.

ingleses

 

“No es posible aquí omitir

para honor de nuestro suelo

y de nuestro Soberano,

las maravillas que hicieron

de religión y valor

los indios, pardos y negros.

Todos, todos, a porfía

pelean con increíble esfuerzo, 

ya en el cañón, ya en guerrillas,

y siempre con lucimiento;

ellos corren por las calles

unidos de noble acuerdo

con picas, sables y lanzas,

machetes y armas de fuego,

y por do quieran que van

la gloria los va siguiendo.

¡Qué prodigio de valor,

qué heroicos hechos no hicieron,

estos valientes esclavos

a vista del mundo entero!

En una de las guerrillas

que por el alto se hicieron,

fue atacado de improviso

por varios ingleses fieros

don José Domingo Urrien,

tercer comandante nuestro.

Un atrevido bretón

a tiro le apunta cierto,

mas, cuando va a descargar

el duro e incendiado fierro,

y que nuestro comandante

se contaba ya por muerto,

un negrito que a su lado

le seguía, en este empeño, 

con su pica atravesó

del inglés el duro pecho,

dejándole allí tendido

donde dio el último aliento.

Urrien que libra la vida 

en un lance tan estrecho,

rebosando de alegría,

honor y agradecimiento,

dice a su libertador:

“muchacho, búscame luego

en mi casa, que eres libre”;

esto dijo, pero el negro,

tan noble como valiente,

no se ha dado a conocer

sólo con su honor contento,

o quizá perdió la vida

en los combates sangrientos

que en esos días terribles

aquí y allí se ofrecieron.”

 


 

Pantaleon Rivarola, “La gloriosa defensa de Buenos Aires” (1807), fragmentos de la parte tercera.

 

 

Décima

“Hubo cierto señorón,

que todos saben quién es,

muy valiente en los cafés,

muy cobarde en la ocasión;

que abandonando un cañón

sin armas, ni voz, ni fama,

corría como una gama,

y si me preguntan quién,

yo le conozco bien

mas no sé cómo se llama.”

 


Anónimo

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